De-crecer

Los debates entre economistas que vemos en los medios en estos días de crisis económica no ofrecen muchas novedades. Al ver a Paul Krugman atacar sin descanso las políticas de austeridad de la Unión Europea, es difícil no recordar a John Maynard Keynes. Este último siempre favoreció un Estado intervencionista para poder regular el ciclo económico, mientras que Milton Friedman y sus Chicago Boys promovieron la liberalización de países como Chile, que después se expandiría a otros países latinoamericanos, y, se podría decir, al resto del mundo. El debate macroeconómico en el siglo XX parece resumirse a dos perspectivas opuestas defendiendo, por un lado, el intervencionismo estatal, y por otro lado, la liberalización del mercado. Esta es la forma en la que muchos profesores de economía resumirían los principales debates dentro de la disciplina. Sin embargo, los dos lados de este debate en verdad tienen más en común de lo que parece. Las dos perspectivas emergen de facultades de Economía anglo-sajonas, las dos buscan elaborar una teoría del ciclo económico que no dependa de la ubicación geográfica o temporal en cuestión, y las dos asumen la existencia de conceptos tan inciertos como la oferta y la demanda (sin siquiera mencionar la famosa racionalidad económica).

De forma más fundamental, el debate macroeconómico actual se concentra en buscar formas de reactivar el ciclo económico y así aumentar los índices de crecimiento, unidad de medida básica de nuestro sistema económico actual. En este contexto intelectual tan estrecho, resulta interesante explorar perspectivas que cuestionan los mismos conceptos básicos que constituyen la base de la disciplina. Tal es el caso del decrecimiento, que examina no solo el funcionamiento de la maquina sino que sale del marco y se pregunta si esta debería estar funcionando en primer lugar. La perspectiva del decrecimiento emerge en los años 60 en los escritos del economista rumano Nicholas Georgescu-Roegen, y ha sido retomado en países como Francia en los escritos de autores como Serge Latouche. A diferencia del desarrollo sostenible, el decrecimiento cuestiona la necesidad misma del crecimiento económico como imperativo social. En este sentido, incorpora elementos de la crítica anticapitalista y argumentos ecologistas en una sola matriz. A lo largo de este artículo me gustaría explorar los méritos de esta perspectiva, y ver como puede ayudarnos a pensar sobre nuestros sistemas de organización socioeconómica de formas no predeterminadas. Lo que sigue no es una versión definitiva sobre lo que debería ser considerado como decrecimiento, ya que pueden existir interpretaciones completamente opuestas a la mía; es más bien un análisis de lo que en mi opinión el termino pone en juego desde un punto de vista teórico.

Pero primero lo primero. Definitivamente no queremos caer en el mismo pensamiento aburrido y monótono de nuestros amigos los economistas mencionados al principio, por lo cual debemos mantener los ojos abiertos al atravesar este terreno pantanoso. Nótese que al referirme al decrecimiento no he utilizado la palabra “teoría” ni tampoco “concepto”, sino “perspectiva”, para dejar el campo abierto a diferentes alternativas. El hecho de no ser un concepto con límites teoréticos claros es un aspecto clave para entender la temática que estamos tratando, y es tomada en cuenta por los teóricos del decrecimiento al tratar de definir el termino: “Si se trata de buscar una sola definición con una unidad de medida, no estamos ofreciendo una, porque esto es precisamente contra lo que estamos luchando.” La dificultad de definir el decrecimiento concretamente es una situación familiar en las ciencias sociales: una definición demasiado específica condena el termino a una jaula conceptual de la cual no podrá salir, y por otro lado una definición muy amplia, no nos permite saber de qué estamos hablando. Por ahora, quiero evitar ofrecer una definición concreta por razones que espero resultarán obvias a medida que el argumento toma forma.

Esta observación ha de ser el punto de partida de esta reflexión, ya que nos permitirá analizar el decrecimiento no como una teoría única sino más bien como una matriz conceptual que puede dar lugar a diferentes alternativas dependiendo de la situación. Veamos, por ejemplo, como de esta forma podemos responder a la típica pregunta que hacen los críticos del decrecimiento: ¿Y que pasa con los países pobres en una situación de decrecimiento? El problema de esta pregunta es que asume que el decrecimiento es un programa predeterminado que puede ser aplicado en cualquier lugar. Los teóricos del decrecimiento son conscientes del hecho de que un crecimiento negativo de la economía, a nivel nacional o internacional, tendría (y en muchos lugares, está teniendo) consecuencias catastróficas para millones de personas alrededor del mundo, sobre todo aquellas que ya se encuentran en una situación precaria. No se trata entonces de volver a la Edad de Piedra, como algunos lo han interpretado, y es por eso que es necesario distinguir decrecimiento de crecimiento negativo. Con relación a este punto, Serge Latouche ha observado que quizás sería más conveniente utilizar el termino “acrecimiento” para evitar confusiones. Pero no deberíamos perder tiempo buscando el termino correcto, ya que esto es en cierta forma aquello de lo cual estamos huyendo. Paremos por un momento de edificar en el aire y veamos si existe algún cimiento firme en este terreno que estamos recorriendo.

Quizás la mejor forma de entender el decrecimiento es a partir de la siguiente cita, de Valérie Fournier: “En verdad quiere decir, precisamente, el abandono de una religión: la religión de la economía, el crecimiento, el progreso y el desarrollo”. Estas unidades de medida que Fournier denuncia, inocuas para el observador inatento, han llegado a determinar no solo nuestros sistemas de organización social, sino la existencia de cada uno de nosotros como individuos. No hace falta referirse a la obsesión de evaluar la situación de un país en base a lo que produce su economía cada año, basta con preguntarse cómo determinamos, en los países occidentales, el grado de éxito en la vida de una persona. Es importante hacer énfasis en el hecho de que estas unidades de medida son, esencialmente, fuerzas homogeneizadoras: toman elementos que en principio no son equivalentes y los coloca en una misma balanza. El dinero es un ejemplo de una fuerza homogeneizadora: al asignarle a dos objetos, en principio únicos e irremplazables, un valor en papel moneda, se crea un campo homogéneo que no solo permite el intercambio, también erradica cualquier diferencia y hace perder de vista toda particularidad.

El decrecimiento implica entonces, antes que nada, una transición a una forma de pensar sobre la vida humana que no esté dominada por los conceptos cuantitativos de la disciplina económica que nos colocan automáticamente en una escala comparativa única con nuestro vecino. Es quizás esto lo que se intenta en cada Foro Social Mundial cuando se habla de luchar contra “pensamientos únicos”. Nótese que, en ese caso, estaríamos hablando más de un estado mental que de un programa político a ser aplicado paso por paso. Lo que nos lleva a la pregunta que todos han estado esperando: ¿Qué tipo de sistema surgiría de este tipo de pensamiento? Es ahora que debemos ser más cuidadosos en nuestro análisis, ya que cualquier paso en falso podría enviarnos al fondo de este profundo pantano. Veamos si existe alguna rama firme a la cual nos podamos aferrar.

La vía más segura, me parece, yace en no responder a la pregunta directamente, sino en cuestionar la pregunta misma, para así poder vislumbrar la estructura del pensamiento que da lugar a esta. ¿Por qué razón habríamos de preguntarnos, en primer lugar, a que sistema socioeconómico llevaría el decrecimiento? O mejor aún: ¿Por qué razón estamos buscando un sistema? Este es un ejemplo perfecto de como el sistema en el que vivimos implanta sus lógicas de forma tan profunda en nuestras mentes que inclusive al intentar criticarlo terminamos utilizando las mismas categorías conceptuales que este nos ha proporcionado. En efecto, al pensar sobre un sistema socioeconómico, sin importar cual sea, estamos pensando dentro del marco de un Estado-nación moderno, que es la única estructura capaz de aplicar de forma incuestionable cualquier tipo de medida en una sociedad. En otras palabras, estamos tratando de concebir una alternativa al capitalismo utilizando la misma estructura que le permite a este existir, un Estado centralizado.

Para los incrédulos que ven en esta reflexión un absurdo, basta con preguntarse, ¿Qué es un Estado? Un Estado es, en pocas palabras, una fuerza homogeneizadora, al igual que el dinero. Un Estado toma culturas, formas de pensar e identidades diferentes y las acopla a un solo molde: la forma estatal. Así, en un lugar con la diversidad lingüística y cultural que puede ser Francia el siglo XVIII, surge, a finales del siglo XIX, una entidad homogénea y centralizada, en donde todas las minorías lingüísticas han sido forzadas a reducirse a la cultura y el idioma francés. Cuando un Estado moderno intenta hoy en día reprimir alguna minoría étnica o lingüística para consolidarse, lo denunciamos en los tribunales de la opinión pública bajo una falsa retórica de simpatía por la diversidad cultural, cuando en verdad la construcción de los Estados europeos y americanos en el siglo XIX estuvo basada en estas mismas dinámicas de dominación cultural y exterminio de minorías. En resumen, el Estado-nación funciona de acuerdo a las mismas dinámicas que el mercado, creando un terreno homogéneo compatible con la circulación de bienes e ideas oficiales en un territorio determinado.

Se que este es un argumento difícil de digerir para muchos. ¿No se supone que el Estado es un ente regulador que dentro de sus fronteras impone los límites que le plazca al funcionamiento del mercado? Esa es quizás la imagen pintada por la disciplina económica hoy en día, que toma como punto de partida una ilusoria oposición entre el mercado y el Estado. Pero el desarrollo del capitalismo no es solo contemporáneo al desarrollo del Estado-nación en Europa occidental, el uno se explica a través del otro en un ciclo interminable. En vez de ver el Estado y el mercado como dos elementos incompatibles, deberíamos verlos como dos lados de la misma moneda. La consolidación del Estado-nación moderno no fue una reacción para amaestrar las fuerzas del mercado, más bien fue un elemento clave en la maduración del capitalismo mundial como sistema de opresión. Este análisis nos permite darnos cuenta hasta que punto la Economía como disciplina académica es completamente incapaz de ofrecer una alternativa que no esté predeterminada por las estructuras ya existentes. El Estado-nación nunca ha representado una alternativa al mercado, y nunca lo hará; por el contrario, el Estado-nación es la encarnación pura del mercado en la medida en que este ejerce una presión homogeneizadora sobre la sociedad.

Pero en este momento nos estamos alejando un poco de nuestra temática central. ¿Qué tiene que ver toda esta verborrea sobre el Estado y el mercado con el decrecimiento? Muy simple. Como ya lo dije al principio, pienso que el decrecimiento no debería ser visto como una teoría, es decir, no se trata de un sistema económico aplicable en una serie de pasos. Precisamente la obsesión con buscar sistemas surge de la presión centralizadora que ejerce la forma estatal sobre nuestro pensamiento, que solo nos conduce a elaborar alternativas que sean compatible con la sanción estatal. ¿Y a que me lleva todo esto? Básicamente, que al hablar de decrecimiento, de lo que estamos hablando en el fondo es de cuestionar la preponderancia del Estado-nación. A fin de cuentas, es esto lo que debe decrecer: el pensamiento uniforme, homogéneo, que solo resulta posible en el contexto del Estado-nación moderno. Un pensamiento pos-estatal nos permitirá concebir alternativas que no dependan de una fuerza centralizadora. De hecho, dejaremos de buscar la uniformidad para aceptar la diversidad como fuerza regeneradora.

Cuestionar no quiere decir atacar abiertamente; esta no es una invitación a un anarquismo revolucionario. Cuestionar simplemente quiere decir insertar el Estado en una perspectiva histórica de largo plazo: el Estado es una estructura que cobró forma debido a ciertas situaciones particulares en los últimos tres siglos, y que de la misma manera tendrá en algún momento que desaparecer, o transformarse hasta el punto de ser irreconocible como tal. Tampoco se trata de interpretar de forma negativa toda política estatal; los Estados providenciales de la segunda mitad del siglo XX en Europa le dieron a millones de personas de este continente un nivel de vida envidiable hasta el día de hoy, y las recientes redistribuciones económicas en países como Brasil y Venezuela, han ayudado a millones de personas a salir de la pobreza. Pero hasta el Estado más justo y representativo se legitima a través de una monopolización de la violencia bajo una organización directamente controlada por este. Un decrecimiento de la economía, y por lo tanto de la violencia intrínseca a las relaciones comerciales, implicaría sin duda una reducción drástica de la capacidad represiva del Estado, y es por esto que el decrecimiento no puede ser visto como un programa político: su aplicación por un gobierno implicaría la autodestrucción de las prerrogativas que lo mantienen en el poder.

Y muchos se preguntarán entonces, ¿Qué podría reemplazar al Estado-nación, que surgirá después de este? No me atrevería aquí a formular algún tipo de especulación sobre una estructura pos-estatal, pues al hacerlo definitivamente caería en la trampa que he estado tratando de evitar. Lo que estamos buscando aquí son alternativas, en plural y con énfasis en el alter. Las alternativas no surgen, como las teorías, de los trabajos de algún académico, aunque estos pueden contribuir a su formación. Las alternativas se encuentran en el diario vivir de grupos cada vez más grandes de personas alrededor del mundo que están intentando darle un carácter más humano a las relaciones sociales, a través de experiencias de autogestión, intercambio voluntario, economía solidaria, granjas colectivas, etc. Estos experimentos no deben ser considerados como un esfuerzo planetario coordinado, como algunos lo hacen, sino como lo que son: respuestas distintas a situaciones diversas que en el contexto en el que surgen tratan de cuestionar el economicismo que ha llegado a dominar la vida moderna. Ninguno de estos experimentos por si solo posee la “respuesta única”, o la “solución final”: la búsqueda de tal cosa nos devolvería a ese mismo pensamiento formateado que queremos evitar. Lo que sí tienen en común es una fe en la posibilidad de un mundo que no esté dominado por el consumo en masa, la violencia intrínseca del mercado y el centralismo estatal.
Creamos entonces (conscientemente) en este mundo y lo veremos surgir ante nuestros ojos.

Article écrit par Santiago Giraldo.

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