2. La espera

La espera. Esa insoportable componente de la condición humana, reflexionaba mientras se balanceaba sobre el porche decrépito. Toc, toc, toc. Volvió a martillear la puerta, solo un poco más fuerte, solo un poco más insistente que la primera vez. Nada. Empezaba a estar incómodo. Con un gesto más mecánico de lo que le hubiese gustado despegó la manga de la camisa de su muñeca izquierda: a penas pasaban unos minutos de las siete, la hora no podía ser el problema. Esperando, siempre esperando, musitaba su inconsciente. La situación empezaba a ser violenta, la corbata ya era casi una soga, el sudor que corría ahora por toda su anatomía, un ácido, se sentía en mitad de una de esas húmedas junglas tropicales, empapado después de una tormenta de verano. Llamó de nuevo, más cadente, menos firme, al borde del histerismo, toc-toc-toc-toc-toc-toc! Nada. Miró a izquierda y derecha, nada, solo un hombre paseando a un perro se acercaba desde el horizonte. ¿O se alejaba? La ondulación del aire sobre la puesta de sol hacia imposible determinarlo. Tal vez solo eran dos sombras estáticas observándolo, riéndose de su espera, su cara sudorosa y su corbata demasiado apretada. Volvió a mirar el reloj, en cuanto quiso pensar en la hora ya se le había olvidado.

Maldito 53… Nunca le habían gustado los números impares, demasiado imperfectos, demasiado concretos. De pequeño, en la escuela le costaba horrores dividir los números impares, aunque fuese por dos, siempre daban resultados con comas amorfas. En el fondo los odiaba por que le recordaban demasiado a las personas, a él, eran demasiado reales para pertenecer al mundo de la matemática.

Volvió a llamar, ya sin mucha convicción, o con la convicción del condenado.

La puerta cedió. Lo acogía un cuerpo sin cara, o más bien una cara sin ojos. Era extremamente blanco, de brazos y piernas largos y delgados, una especie de mantis gigante y albina. Sin embargo, lo más llamativo eran los ojos, de un azul pálido, como el cielo sin nubes de una mañana de invierno, muy pronto, antes de que nadie se despierte. Parecían un lago helado desde hace décadas. No eran humanos.

–  ¿Este es el 53?

–  Sí.

–  ¿Llego tarde?

–  No. Pasa.

[…]

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