Miseria vs Folklor

El racismo persiste en lo cotidiano. Ha tomado una forma menos palpable y más sutil pero sigue siendo igual de indignante. Trataré de ilustrarlo mejor con una anécdota personal.

Durante mis vacaciones en la Amazonía, un grupo de turistas “gringos” estaban sentados alrededor de una mesa junto a integrantes de la comunidad Shuar en la Amazonía ecuatoriana. Se trata de un pueblo amazónico numeroso pero dividido en pequeñas comunidades. Aquella, de tan solo 50 habitantes, sobrevivía con la venta de pocas artesanías cuando los turistas iban a visitar su comuna. Cabe recalcar que se debía cruzar un río para poder acceder a los servicios básicos y al agua potable de la ciudad. En fin, vivían en la pobreza extrema.

Volviendo a los turistas, tenían una expresión de santos devotos a quienes se les ha atribuido una misión divina; la de ayudar al pobre prójimo subdesarrollado que se ha quedado en un estado primitivo. Llenos de buenas intenciones, de generosidad y de bondad un poco insultantes, venían a regalar los elementos más básicos de la civilización, aún desconocidos para los pobres Shuars. Les entregaban jabón, utensilios de cocina, desodorantes, etc. Les explicaban la función de cada objeto con mucha insistencia y articulando bien, asegurándose que ninguno pierda una palabra. En breve: les introducían la civilización, la higiene, la vida digna.

Esta caridad tan bondadosa no es más que racismo camuflado. Es una prueba de los vestigios del paternalismo “de buena fe” incrustado en la ignorancia de algunas personas. Aquella misión civilizadora del “buen salvaje” sigue siendo actual y es un atento contra la dignidad humana. No se necesita caridad, se necesita justicia.

Para seguir con mi anécdota, la hostería en la que nos hospedábamos ofrecía una visita a una comunidad Shuar. Pensé que se trataría de una visita turística respetuosa, en dónde se nos explicaría la historia del pueblo, su gastronomía, sus creencias. De una forma un poco “naïve”, acepté la propuesta.

Al bajar de la lancha vimos a una chica lavando unos zapatos de fútbol. Nos contó que tenía quince años y que aquellos zapatos eran de su esposo, el padre de sus dos hijos. La comunidad no estaba compuesta por más de cincuenta personas. Ancianos, padres y niños estaban descalzos, vestidos con ropa vieja cuando tenían la suerte de no estar desnudos. Los niños tenían barrigas hinchadas por los parásitos del agua. Uno de ellos caminaba sin rumbo y sin ni siquiera quejarse del necesario cambio de pañal… Las chocitas frágiles se inundaban cada que había una leve tempestad. En fin, en aquella comunidad lo que se visitaba no era representativa de la cultura Shuar sino de la pobreza.

Todo se usa como pretexto turístico. La miseria se convierte en un producto mercantil, en el toque de exótico del tour. La miseria se confunde con el folklor. Se institucionaliza un racismo permitido y del cual se lucra.

Anne Dominique Correa 

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