La Rebelión Catalana

“¡Prended las almenaras! ¡Zafarrancho de combate! ¡Más madera, es la guerra! “

Sí, es cierto. Los catalanes nos hemos rebelado. Es verdad. Nos hemos vuelto un pueblo oficial y orgullosamente desobediente. Ya no nos sometemos a los mandatos del Estado Español, y eso, señores, es una rebelión en toda regla. Una rebelión mayúscula incluso, porque implica el principio del fin de una era, de una forma de relacionarnos con los pueblos de España, que poco tienen que ver con LA España que intentan vendernos desde ciertos sectores más o menos reaccionarios de la sociedad.

Quisiera empezar diciendo que, ante todo, soy un muy mal catalán: soy castellanoparlante de toda la vida (y qué queréis, si de mis cuatro abuelos dos son andaluces y uno gallego), prefiero las novelas de Eduardo Mendoza a las de Quim Monzó y, seguramente lo peor, detesto el fútbol. En serio. Me aburre soberanamente, no lo entiendo y creo que nunca lo haré, más por falta de interés que de capacidad, todo sea dicho.

Así que ya veis. Si a esto le sumáis que pertenezco a una clase media acomodada y que la mayoría de mis amigos son francófonos de origen, todo apunta a que soy carne de españolismo puro y duro, ya sea al estilo PP o al estilo Ciudadanos (que tampoco soy capaz de diferenciar). Y sin embargo aquí estoy, hecho todo un rojillo de esos que en la Guerra Civil habrían acabado fusilado o pelando las patatas para el rancho del generalísimo.

¿Qué demonios me pasa? ¿Es que acaso he perdido el juicio? Seguramente, pero posibles trastornos mentales aparte, lo cierto es que me gusta esta rebelión, este procès, que diríamos en Cataluña. Me gusta porque su propia naturaleza implica una voluntad de transformación política y social. Me gusta porque es nuevo y rompedor, y al mismo tiempo tiene siglos de historia. Pero, sobre todo, me gusta porque no pretende excluir a nadie, sino que, al contrario, aspira a aunar a todo el mundo.

Creo que sé lo que estáis pensando, y lo creo porque mucha gente en Cataluña y fuera de ella lo piensa. Y para plantear una breve discusión sobre el tema, me gustaría hacer una especie de FAQ sobre el proceso, si se me permite. Aquí va:

“Lo de la independencia es una pantomima: lo único que quieren es más dinero.” (argumento empleado más por los ricos que por los pobres, curiosamente).

Desde luego. Que no os quepa la menor duda. La motivación principal de muchos catalanes al votar independencia es la cuestión económica, y la mía también. Lo interesante no es tanto el hecho de que queramos más recursos sino el para qué los queremos (y no; no es ni para comprar más esteladas ni para mantener a los Pujol bien provistos de Ferraris). Queremos más dinero porque estamos teniendo que cerrar hospitales, porque nuestras escuelas no dan abasto y porque el 21% de los catalanes viven bajo el umbral de la pobreza. Para eso lo queremos.

Y eso nos lleva al segundo argumento clásico: “Primero hay que salir de la crisis, luego ya se verá.”

Ahí radica parte de la cuestión. Claro que hay que salir de la crisis (sí Mariano; seguimos en crisis) pero el problema es cómo. Y aquí es donde empieza el auténtico debate. ¿Cómo pretendemos aportar una respuesta eficiente a la situación sin las herramientas necesarias (fiscalidad propia, regulación económica, infraestructuras, …)? Necesitamos un poder político propio para plantar cara a la crisis, tanto la económica como la social, que realmente están fracturando la sociedad catalana, la española y, puestos a decir, la europea.

Y la tan utilizada palabra “fractura” nos conduce al tercer y último argumento que voy a tratar en este artículo: “Plantear siquiera la cuestión de la indisoluble unidad de España es dividir innecesariamente a los catalanes.”

Esta es buena, y además por varias razones, siendo la primera una pura reflexión semántica: si España es efectivamente indisoluble (como las aspirinas de marca blanca, vamos), ¿por qué les aterra tanto la simple idea de un referéndum? Permitidme una sencilla metáfora: si logras inventar un material indisoluble, no te importa que se moje. Si tan seguros están de la férrea unidad de LA nación española, ¿qué problema hay con ponerla a prueba?

La segunda razón hace referencia a la supuesta “fractura” de la sociedad catalana que se produciría de celebrar un referéndum. No se puede plantear el debate porque dividiría irremediablemente a los catalanes: familias destrozadas, parejas fallidas, amistades quebradas… Puede ser, pero el problema con esa lógica es que se puede aplicar a cualquier cosa. Un ejemplo rápido: “Plantear siquiera la cuestión del aborto/del matrimonio homosexual/de la eutanasia/de la tauromaquia/ (etc., etc.) es dividir innecesariamente a los catalanes.”

Precisamente si vivimos en una sociedad plenamente democrática como la que se nos describe a diario, ¿no deberíamos poder debatir cualquier cosa? ¿No es esa la función de la política, mediar en los conflictos para evitar la violencia? ¿Y por qué tendría que haberla? Para eso tenemos nuestro Parlamento (y para eso pagamos a los diputados): para discutir sobre cuestiones políticas en un ambiente de calma y sosiego.

En conclusión, la democracia es decidir, decidirlo todo: nuestra relación con el Estado Español, nuestro sistema productivo, nuestro modelo social, … Todo. Y de eso va esta rebelión: de decidir. Y animo a los pueblos de España y de Europa a sumarse a este espíritu de insumisión que se nos ha subido a la cabeza.

Yo no me considero independentista, y desde luego que no soy nacionalista, entre otras cosas porque lo único que me hace catalán es que nací en la Clínica Teknon de Barcelona. No; me considero más bien un racional-soberanista. Es decir, creo en nuestro derecho como pueblo a escribir nuestro propio futuro sin que nadie nos diga lo que podemos o no podemos ser (ni siquiera un juez, y mucho menos un presidente) tanto como en el derecho de todos los demás pueblos a hacer exactamente lo mismo.

¿Independencia? Tal vez. ¿Federalismo? Puede ser. ¿Cambio? Desde luego.

¿Qué puede salir mal? Todo. ¿Quién está libre de miedo? Nadie, empezando por mí (soy un gallina sin remedio, y si salís conmigo en la noche de San Juan lo descubriréis). El proceso no es perfecto y aún nos queda un largo recorrido hasta Ítaca que diría Artur Mas, a quien, con un poco de suerte, en unos meses le habremos dado la patada al igual que a Rajoy.

Las rebeliones es lo que tienen: suelen ser desordenadas, algo caóticas y terriblemente imperfectas, pero vale la pena arriesgarse, o, al menos, eso creo yo. Vamos dando tumbos, zigzagueando, un poco como un barco a la deriva, vagando por el mar. Pero, tal y como plantea un poema en el Señor de los Anillos (sí, además de soberanista, friki; es que lo tengo todo): “Not all those who wander are lost”.

Javier Morales

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